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Sobre la ficción y la infancia



E. ha heredado nuestros juguetes y nuestros cuentos troquelados. Una vez leí que la crianza nos permite repetir el camino de la infancia por la vía del amor. Y sí, nos hace felices en esta casa tenerlo todo revuelto de peluches y coches y volver a relacionarnos con los objetos con los que fuimos felices.
Hará ya casi dos años, con un pequeño taco de cuentos troquelados de Tizón, me sorprendí al releer la historia de Pulgarcito, un popular relato infantil.
Pulgarcito se resume, desde la poética aristotélica, de la siguiente manera:

- Los padres de Pulgarcito y sus hermanos son muy pobres y los abandonan en el bosque porque no los pueden alimentar.
- Pulgarcito, el más pequeño de los hermanos, es muy espabilado y deja un rastro de migas de pan y así son capaces de volver a casa.
- Los padres, que se sentían fatal por el abandono, se alegran mucho de la vuelta de los hijos.
- A los días, como la alegría no alimenta y siguen siendo pobres, los vuelven a abandonar.
- Esta vez los pasos de los niños les llevan a una casa en la que vive un ogro con sus hijas. Son tantas niñas como niños son Pulgarcito y sus hermanos. Pongamos 6 y 6 (cambia el número según la versión).
- El ogro, como es ogro, se quiere comer a los niños. La mujer del ogro ayuda a los niños para evitar que su marido se los coma, pero el ogro los encuentra.
- Pulgarcito, como es muy listo, logra engañar al ogro.
- La trampa es que el ogro creyendo comerse a los niños se come a sus propias hijas.
- El ogro muy enfadado va en su busca pero de nuevo lo engañan, quitándole las botas mágicas.
- Pulgarcito va hasta la casa del ogro y le dice a su mujer que una bandidos lo han secuestrado y piden un rescate por él. La mujer le cree y le da una bolsa de dinero.
- Pulgarcito  y sus hermanos se van con el dinero y se lo llevan a los mismos padres que los abandonaron a su suerte. Y son felices.

Pues sí, me quede sorprendida. No recordaba del relato más que Pulgarcito era un criajo muy apañao que, aun siendo el más pequeño, cuidaba bien de sus hermanos.

¿Permitiríamos un espectáculo para nuestras criaturas en el que se viera abandono infantil, y donde los héroes -varones, por cierto- lo son por la vía  de hacer que se coma un padre a sus propias hijas (que son un amor de niñas, ni ogras, ni malvadas, ni importan para nada en la historia)?




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El matón del instituto (Bienvenido, 2016)


Llevaba desde octubre sin salir a correr por lo que esta tarde no las tenía todas conmigo de poder acabar la carrera de la San Silvestre. 

No pienses en quienes van por delante, piensa en lo que llevas recorrido. 
No fuerces en la primera vuelta, es mejor reservar energía para la segunda. Si te adelanta todo el mundo en la segunda la fatiga psicológica es mucho mayor que la física. 

Mi hermano me anima y me dice que soy capaz antes de que den la salida. Ya sabemos que en cuanto empiece él irá muy por delante. Este año me toca correr sola, y por eso quien no corre conmigo -por molestias no graves pero incómodas para seis kilómetros-  me ha pedido que corra por los dos.

Empieza la carrera y el sol de invierno va marcando metas, colándose entre los edificios altos del paseo de la playa San Lorenzo. Encuentro gente. Saludo. Hay bromas y voy tranquila. Es buena esa sensación de rostro que se va calentando y que no es por pudor ni vergüenza ni enfado, sino de puro movimiento. Recuerdo las sensaciones de hace un año. Me centro. Pienso, por primera vez en estos meses, sólo y únicamente en la respiración y en lo que veo. Al llegar a la segunda vuelta me digo que sí, que aguanto. 

Cerca del último tramo tengo los mejores ánimos posibles. No voy muy rápido y puedo chocar la mano con E. Entonces reconozco una silueta. En la salida ya nos habíamos cruzado pero no me había ni reconocido. Mi némesis del instituto -todas tenemos una o uno, ¿no?- un tipo alto y grande que se reía de los inseguros, que amenazaba a los débiles, que acosaba a muchas chicas, que intimidaba a todos. Reconozco su silueta en el último tramo. Por primera vez la carrera deja de ser conmigo misma y me propongo meter el apurón final para lograr esa absurda e inane, pero también de repente poderosa, satisfacción de ganar al abusón al que me enfrentaba sin éxito cuando yo tenía quince años. 
Me doy cuenta de que no soy capaz, que se ha estrechado la vía por la que vamos y que apenas hay sitio, que no puedo adelantar, que él va por delante y que llegaré justo detrás de él. 

Entiendo que la metáfora anda ahí. Que a veces nos enfrentamos con lo poco que tenemos a algunos gigantes que tienen más medios y están más preparados. Y que no está tan mal, partiendo de una línea de salida tan diferente, andarles tan cerca. Pienso en este año y en lo poco que nos esperaban. En que una carrera es un tremendo esfuerzo pero compruebo que se puede hacer sonriendo aunque el cuerpo esté cansado. Que el gesto de la sonrisa, de hecho, ayuda a llevar mejor el cansancio que aquella mueca de cuando entrenaba atletismo siendo una cría y que la monitora nos aconsejaba evitar. No se trata de estética, se trata de actitud, entiendo hoy. 

Cuando ya asumo que esto es así y que ni tan mal, que superar el reto de los kilómetros para los que una no había entrenado ni estaba en forma, veo un hueco. Pego un pequeño tirón y adelanto a las personas que me rodean. Dejó atrás al matón del instituto. Llego a meta. Sucede. 

Y lo cierto es que el pobre matón del instituto -del que me podría hasta bailar el nombre, aunque escribiendo esto sé que lo recuerdo- ni me recordará o no me reconocerá o ambas. Y quizás hoy es un buen tipo. Y la verdad es que no le tengo ningún rencor. Pero apareció hoy para ser metáfora de otra lucha, que nos vive y que nos toca. La de los matones que llevan tanto abusando de los débiles, mintiéndonos a todas, acosándonos, metiéndonos el miedo en el cuerpo. Esos matones a los que les andamos en la carrera tan cerca, y eso que no partimos de la misma línea de salida. Esos matones que tienen, sí, todos los medios para ser unos matones, pero que no cuentan con nuestra fuerza. 

Claro que importan las palabras. Quién me asegura a mí que sin las palabras de E. diciendo "Mamá, tú puedes" iba a poder yo nada. 

Que esta anécdota de esta tarde de invierno sea presagio de cómo viene 2016. Claro que podemos ganar a los matones de instituto, si nos tenemos cerca. 

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¿A donde vamos no se necesitan carreteras?


¿Cuántos hoy nos preguntamos cómo es hoy?

¿Qué ocurre cuando una película nos lleva a la misma pregunta, tiempo después? ¿Hay algo de comunión? ¿Podemos hablar de trascendencia? ¿Por qué no podemos hablar de trascendencia?

Si una película logra que nos hagamos la misma pregunta, ¿se debe al marketing? ¿Repetir durante siglos que un texto (literatura) es sagrado no es una constante campaña de marketing?

¿En qué pensamos cuando pensamos la palabra "futuro"?

¿Por qué se hace tan pesado pensar que hubo un futuro que ya fue? ¿Por qué de repente recurrimos a la pizarra de Doc para una idea que sólo es rewind o forward?

¿Y la ficción? ¿Qué pensaría Marty McFly si llegara al futuro de hoy? ¿Qué sí ha cambiado de los ochenta a nuestros días? ¿Por qué tenemos tan claro todo lo que no es hoy de ese futuro y no pensamos en lo que sí? ¿O no hay?

¿Y si no ha cambiado, qué pensamos del paso del tiempo entonces? ¿Qué paisaje cambia más, a simple vista, el del entorno o el humano?

¿Y la vida? ¿Qué piensa hoy Michael J. Fox de su futuro que es hoy? ¿Piensa más en hoy o piensa más en quién fue rodando la película en la que viajaba al futuro? ¿Imaginaba rodando el futuro de Hill Valley o imaginaba el futuro de EEUU?

¿Y nosotros? ¿Pensamos más en el futuro que esperábamos o en quiénes éramos en el pasado esperando ese futuro? ¿Cuánta nostalgia arrastra al pronunciarla la palabra "futuro"?

¿Por qué el futuro siempre implica volar?

¿Por qué hoy nos sentimos un poco decepcionados?

¿En el futuro habrá películas que nos unan para que nos hagamos a la vez la misma pregunta?



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Apuntes propios sobre Ciudad de vacaciones. El tiempo secuestrado, de Juan Tizón





¿Hasta qué punto nos pertenece el tiempo propio?

Llevo siguiendo la evolución de Ciudad de vacaciones. El tiempo secuestrado desde su gestación, cuando en un paseo en bici -el primer fin de escapada desde que E. naciera- Juan Tizón encontró el espacio donde acabaría por encontrar aquello de lo que quería hablar. No me enredaré con mis teorías (aproximaciones, ideas más difusas pero con pretensiones, que para eso una comparte la vida y se cree conocedora al dedillo) sobre lo que Tizón quiere, en todo lo que hace, contar. Pero hace un par de años, recorriendo la ciudad residencial de Perlora, él supo que ahí se enmarcaba algo que accionaba preguntas y que le movía y por lo que le apetecía moverse. 
Hoy inaugura el trabajo de reflexión que comenzó entonces. Retrata la ciudad, invita a pensar sobre el tiempo libre, sobre su capitalización, sobre la condición de la clase obrera, sobre ese tiempo, sobre el consumo material, sobre el consumo ideológico, sobre los modelos soviéticos de supuesto empoderamiento obrero y sindical que el franquismo abrazó para su refuerzo y gloria, o buena prensa. Invita a pensar sobre las estructuras -las tangibles y las no tangibles- y su abandono. Sobre los  modelos: de vacaciones, de familia, de ocio. Si nos apuramos, a pensar sobre el entorno, sobre el medio ambiente, sobre la especulación urbanística (no, ahí no apuramos, porque es de una evidencia pasmosa), sobre la ley de costas. 
En estos meses de hablar y de leer, de darle vueltas a Russell y a Marx, y a Jane Jacobs y a Paul Lafarge, y a Sontag, y a Stevenson, el discurso, la construcción del relato, el abstracto se iba contaminando con la arquitectura. Y al revés. 
Ha sido sólo esta semana, cuando me enseñó la pieza de vídeo por fin acabada, con esa simulación de  pase de diapositivas, cuando entendí que a veces tanto bosque nos impide ver los árboles.
Durante el último año Tizón ha ido contactando con antiguos trabajadores de la ciudad residencial. Ha charlado, le han prestado fotos, ha hablado con coleccionistas, ha encontrado mapas, postales... Quisiera acercarme a la emoción (que hice por ocultar, confieso) y al vértigo que sentí cuando comencé a ver las caras. La sonrisa a cámara de la camarera que posa, con orgullo, fuente sopera en mano, junto a una familia que también sonríe. Los dos recepcionistas con el pelo a lo beatle, sonriendo con sonrisa de menos de veinte años, o así parece. Las guitarras en el regazo, los cigarros en las manos de chicas jóvenes que se intuye que son los primeros cigarros. La camisa del padre, la camisa del abuelo, la camisa del niño, todos ante el retrato del verano. Las mujeres juntas, de vacaciones o trabajando, en una complicidad que sí, claro, le mueve a una la sonrisa. La inmensa recopilación de vidas. 
Entendedme, esto sé que puede sonar obvio. Pero tras todo este tiempo de hablar del espacio y su historia, de pensar sobre él, de cómo actuaba en las vidas de las personas, de cómo construía o reforzaba pensamiento, ideología, paisaje... de repente las vidas te golpean. Pienso que debe ser como salir del laboratorio de fonética y tropezar con el sonido de una frase en la que te despiden, o se despiden. La documentación y el análisis toman maneras asépticas por algo. Pero qué hermoso -perdonad la intensidad- mancharse con la vida de los otros, de las otras. Qué necesario llenarse de nombres propios y sentir que también se está haciendo álbum de familia, aunque sea sin pretenderlo. 
Y aquí es donde una, que nunca pretendió ser objetiva, remata el asunto: este golpetazo de vida que a mí me pilló por sorpresa no ha dejado de ser uno de los motores de Tizón. Aquí me aventuro: probablemente el motor del que no habla, por interior y por cierto. Al fin y al cabo, es la persona más preocupada por contar historias que conozco, quien no olvida que cada árbol tiene un nombre, se plantó un día concreto. Que a cada árbol la luz le da como no da a ningún otro. 


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Unas preguntas en torno a Traje roto, de Alba González Sanz. Y un poema.



PREGUNTAS EN TORNO A TRAJE ROTO



¿Cuándo estás sola, estás sola?

¿Qué entendemos por avanzar? ¿La respuesta se ajusta a tu respuesta? Si te imaginas físicamente avanzando, ¿con qué calzado dirías que lo haces? ¿Con qué ropa? ¿De abrigo? ¿De verano?

¿Qué palabra para el cuerpo? ¿Qué palabra para el hambre? ¿Qué palabra para la enfermedad? ¿Podemos decir “hambre” para llamar al cuerpo? ¿Podemos decir “cuerpo” sin pensar en enfermedad?

La manzana, ¿la muerdes o la recorres?

Cuando dices “centro” ¿está en el centro de verdad o es itinerante?

¿Entiendes lo que les ocurre a huesos que no son los tuyos? ¿Hay huesos hermanos? ¿Y la carne? ¿La carne es hermana, o es todo lo contrario?

La imagen del fruto ¿la evocas sin pensar en el árbol? ¿Desde cuándo sí piensas en el árbol? ¿Pinta algo el fruto en el futuro del árbol o sólo es aquello que cae?
¿Qué pensamos cuando decimos “semilla”? Y qué estamos olvidando, pese a decir “semilla”.

Comparan el trabajo de las manos frente al trabajo de las palabras. ¿Cuál te mancha menos? ¿Cuál miente menos? ¿Por qué la peor parte se la llevan las palabras, si ellas sujetan la posibilidad de estas preguntas?

¿Qué piensas al escribir “idioma”? ¿Es lo mismo que al escribir “lengua”? ¿Qué tiene que ver todo esto con sentirse una sola?

¿Qué se puede hacer con las manos cuando estás pensando en las manos? ¿Se dejan de mover? ¿Se mueven más? Cuando piensas en para qué usar las manos, en ese momento exacto, ¿para qué las estás usando?

Y de nuevo las manos: ¿cómo son cuando las miras? ¿Se parecen a la idea de tus propias manos? ¿Son iguales cuando las miras que cuando sólo las piensas? Sus marcas, ¿recuerdas cuándo se hicieron? ¿recuerdas por qué se hicieron? ¿Todo esto te parece que habla de la erosión o de la memoria? Si habla de la memoria, ¿por qué preferir que sigan siendo jóvenes? Si hablan de la erosión, ¿por qué preferir que sigan siendo jóvenes?

Y de nuevo los huesos: ¿los huesos del cuerpo que no conociste tienen algo que ver con tu memoria? ¿tienen algo que ver con tu erosión?

Hablo ahora de la escritura: la página blanco ¿parece una calle desierta? Sigo hablando de la escritura: frente a la calle desierta, ¿notas la página en blanco? ¿Alguna de las dos te asusta? ¿Alguna de las dos no? ¿Por qué te asusta más la que te asusta? ¿De qué la poblarías para que no asustara? ¿Qué pasa con el vacío? ¿Qué pasa con la multitud? ¿Qué encuentras en el vacío?

El temor. ¿Qué lo espanta? ¿Es la luz? ¿Es saber que existe la opción de luz? ¿Es el faro? ¿O es la luz que captura el momento justo -una fotografía- como para recordar que hay un faro? ¿O es lo que sucede cuando se cierra el objetivo de la cámara? El misterio, ¿es el temor, entonces, o es la luz?

¿Qué es un fantasma? ¿Son estas preguntas, si es que no funcionan? ¿Es el espacio entre quien formula la pregunta y quien piensa si debe o no responderla? ¿Un fantasma se rompe o se va? Y lo que se rompe, ¿se va o se queda?

Lo que se rompe, ¿se rompe con la multitud o se rompe en el vacío? No, espera, ¿en el vacío se puede romper algo? ¿La soledad y el vacío son cosas parecidas? ¿Algo se puede romper en soledad? Y si se rompe ahí, ¿se va o se queda?


La calle desierta de antes, esa. ¿Cambia algo la sensación si está llena de farolas? ¿Cambio algo si algunas farolas las han roto piedras de quienes antes estuvieron? ¿Cambia algo si las arreglan, aunque ya no sean las mismas originales farolas?


Distancia

Huérfana de idioma,
las palabras se desatan.
Todo se parece y es ajeno.
Podrías acostumbrarte.
Prefieres la alerta
del corazón sitiado.
Tu lugar está hoy
en el silencio.
Tu lugar es
esta página en blanco.
Temes las calles
en las horas peligrosas.
Temes escribir.

Poema de Traje roto, de Alba González Sanz. Pintura y edición de Gabriel Viñals.

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Hablemos de "los toros"


Ante el cuestionamiento de un sistema, ocurren varias cosas. Por un lado, se tambalea el modo de vida de las personas directamente beneficiadas por dicho sistema. En general, esas personas no representan al grueso de la población. Ocurre también que se tambalea el estado de zona de comfort en el que se encuentran muchas personas, que sí son una parte mayoritaria de la población.  Esto es: defiendo algo que a decir verdad no me afecta pero sobre el que se han construido algunas de mis certezas (mi paisaje social, mi escala de interpretación del arte, el folclore, la identidad de mis allegados, lo que me han dicho que es "patria" y que por tanto es "yo").

Cuestionar las corridas de toros es dar en parte de ese constructo sobre el que se cimenta (con papel de periódicos viejos también se hacen cimientos)  la zona de comfort. 
Algunas de las respuestas que estos días, a raíz de la manifestación convocada el próximo sábado en torno a la feria taurina de Xixón, he podido leer tienen más de tarareo de canción escuchada por la radio que de información fidedigna. 

Estos días he encontrado artículos con datos exactos sobre las cifras, en tanto que empleo y en tanto que motor económico, sobre la tauromaquia. Por destacar: mientras que en ocho años ha bajado el número de espectáculos a casi la mitad (de 3651 a 1868 en 2014) el número de profesionales taurinos (toreros, novilleros, rejoneadores, banderilleros, picadores, mozos de espada y toreros cómicos) ha aumentado en el mismo periodo en 2797 trabajadores más. De estos trabajadores, tan sólo el 8.8% ha tenido una o más de una actuación en 2014. Cuesta pensar que estemos hablando de un ejercicio empresarial ni profesional mínimamente sostenible. Y ya si miramos las medias de edad de las personas que trabajan  en el sector (asusta pensar en la media de edad de los novilleros que, se entiende, es un paso previo al rango de matador) vemos que está sorprendentemente envejecido para el ejercicio físico que supone. 
Y podemos seguir con los argumentos de ecosistema, dehesas, infraestructuras, ayudas públicas directas e indirectas, subvenciones específicas del estado...  Lo cierto es que la cantinela de la afición y producción económica del sector es del todo inane, y suena a eso, a cantinela desinformada. 
Y luego están los sofismos: os preocupáis por el sufrimiento del toro y no por el de los niños que pasan hambre. ¿De dónde se extrae esa conclusión excluyente? Quizás, si quien lo dice tuviera una implicación con el segundo término de su argumento habría visto a la persona a la que recrimina en manifestaciones contra los recortes, contra la pobreza infantil, contra la falta de libertades y derechos.  Por no hablar de lo cómodo, y decepcionante -porque estamos hablando de vidas- que resulta utilizar abstractos "los niños que pasan hambre", como si eso fuera un lugar específico en la geografía mundial, o una franja de edad específica o se resolviera todo en un tribunal específico y no se debiera en función de cada caso a una serie de problemas estructurales -algunos comunes y otros concretos de cada territorio y realidad. 
(En mi experiencia personal añadiré que nunca veo salir en defensa de la sanidad pública o la educación pública a quienes sí veo utilizar, como poco, tibios argumentos en favor de la tauromaquia. Pero claro, quizás sólo sea una casualidad muy causal).
Más sofismos: os preocupáis por los toros pero bien que coméis carne. Comparar la muerte de un animal como espectáculo recreativo frente a la muerte de un animal como alimento parece un tanto cogido con pinzas. Esto no quita para que haya explotaciones animales absolutamente denunciables o para que los procesos del sistema en el que nos encontramos propicien tratos a aves, terneras, cerdos que nos envilecen como seres humanos y contra los que hay que estar alerta. Con todo, no hay lógica argumentativa entre el deleite y distracción a través de la contemplación del asesinato y el de la alimentación.
 Y mi favorito: estáis en contra de todo. Lo cierto es que es justo al revés. Estamos a favor, y no hace falta que nos vayamos autodenominando provida, ya de paso. A favor de vidas sin sufrimiento. A favor de no ejercer desde una situación de privilegio el sufrimiento a otro ser vivo. A favor de no considerar arte el finalizar con una vida. 

Desde luego que el asunto de las corridas de toros, así como de cualquier otro maltrato animal, no admite parches. Es un problema de base y precisa un cambio radical. No vale con introducir un inocente decálogo de buenas prácticas cuando la práctica es la tortura y el fin la contemplación de esa tortura. Aunque viendo las cifras, servidora considera que con dejar de destinar el dinero de las arcas públicas que se destina toda esta "tradición" caería por su propio peso. 

La verdad es que es preocupante esta pátina de oscuridad -de tiempos tristes y  de desprecio por el conocimiento y por la vida- cuando sale el tema. En Xixón sale al menos una vez al año, con la llamada Feria de Begoña. Quiere una pensar que al final se entiende que la Tierra no es plana, pero cuánto tiempo lleva y qué claro parece que quizás no seamos nosotras quienes lo veamos. 
Estos días pienso mucho en el brillante cortometraje "Topeka", de Asier Altuna. Es corto. Si hay quien lee esto y no lo había visto, le animo a que lo haga. 
En realidad, este cortometraje es lo que pienso sobre este asunto en días en los que ya son 25 mujeres asesinadas en ocho meses. Todo, compas que os dejáis caer por aquí, tiene relación.


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La huella de la luz después de arder

En un día extraño para la extraña ciudad en la que vivo, preparo la presentación de un libro que en un par de ocasiones se ha presentado ante mí como clavo ardiendo. Pienso, tomando esas notas, que es un día extraño para hablar de poesía -ese sábado en el que se presenta Combustión, de Marcos Díez, en La Buena Letra, y en el que hay una realidad que se muestra tan urgente. Leo este poema:



Entiendo que es urgente hablar de poesía. 

Combustión abre con un motor que arranca. Y el trayecto del coche no se detiene. Se recorre un paisaje, que a veces es como un zootroppo, y tiene esa idea de bucle continuo, o de vuelta -revisitación podríamos decir en plan pedante, pero también de manera precisa- sobre los pasos ya dados. Pero no siempre, desde este coche, se mira por la ventana. A veces la mirada va al interior del vehículo -digo ahora lenguaje, y decir lenguaje es hablar de la traducción del pensamiento, del intento por su torna más cercana de la nebulosa al verbo-, a veces la mirada va al propio motor que está desplazando.
Oxígeno y gasolina para una buena combustión. Estamos hablando del poema, de la materia que nutre el poema. Y también de qué hacer con el poema.

Qué hacer y para quién. Releo el poema "Surcos" en estos días tan confusos en los que caminamos con la atadura de trazar un recorrido que no nos deja ver. 




Tengo abierta la puerta donde vivo, con sol dentro. Y así, con Sol dentro es la primera de las dos partes que componen este libro. Juan Ramón Jiménez abre Combustión como quien abre una puerta, que no es lo mismo que una ventana. Abrir una ventana tiende a ser para que entre el aire dentro, es un gesto de dentro, para dentro. Abrir una puerta es un gesto desde dentro para afuera. Así estos poemas. Invitación, palabra abierta, entrada a un diálogo expuesto que a veces gira -repito, el zootroppo-, que a veces avanza, que a veces dispara flechas para poder pensar sobre la flecha. En esa reflexión (flexionar sobre, doblarse una, uno), este poema:




No puedo, pensando en “Muro” dejar pasar una de las dos citas que abre la segunda parte (Mapa de ruta). Escribe Luis Rosales, cita Marcos Díez:
“Hay un encuentro en el aire y en modo alguno quisiera detener esta caída en la que toco la verdad”. 
Esa idea de caída me lleva al recuerdo del sueño. Soñar que caemos. Hasta jurar que caímos, cuando tenemos la sensación de aterrizar en la cama. No es así, son los espasmos mioclónicos, que pueden sacarnos del inicio precoz del sueño. Pero en la sensibilidad frágil de lo onírico casi creemos que algo estábamos entendiendo y entonces caímos. 
Combustión es el desplazamiento y lo que arde en el mismo. Esa imagen del fuego que nos cautiva porque va con nuestra especie que nos cautive. Que se plaga de significado, porque llevamos toda nuestra historia hablando de ella. Que ilumina primero y que al irse modifica -contamina, dice el poema, y dice bien- lo que había.






El coche de Combustión, de ser un coche, no pretende ser uno ecológico. Es consciente de la contaminación del poema. La asume, se mancha, nos mancha. Y nos da luz.  
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