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En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis.


A vueltas como andamos con dónde está la voz (o desde dónde está) y qué hacer con ella, esta antología publicada por Bartleby en la que más de doscientos poetas lanzan voz (y palabra, y grito, y pensamiento, y un no a lo que no, o un sí a lo que sí sí). En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis tiene que ver con aquello de la compañía que nos da el poema. Y de la construcción que ha de suponer el lenguaje. Y también el derribo, claro. 
Me hace verdadera ilusión que Pepo Paz, editor de Bartleby, me invitara a formar parte de este proyecto que es hoy papel, palabra y piedra (que tener en la mano, que arrojar, lo importante, ya lo decía David González, es el gesto). 
Y como bien escribía la poeta Sonia San Román hablando de este proyecto, yo también me siento chiquitita junto a los 228 compañeros y compañeras de esta antología. Chiquitita y tan grande al compartir el decir de cada uno de ellos. 



Aquí el poema, en audio, que es grano de arena, que es parte de esta piedra que se arroja sí, y que también quiere ser cimiento de otro 

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La revolución no, pero la muerte sí será televisada


No soy quién para juzgar el duelo de nadie. No he vivido la pérdida de un padre (un padre que pierde la memoria, que está pero ya no es cuando se muere su hija mayor, un padre que años después de no ser aunque estar, se está muriendo). Mi padre vive y es. Y aunque no fuera así, no soy quién para juzgar el duelo de nadie. 
Quizás de repente te tiemble la identidad, quizás en lugar de recogerte en ti y en los tuyos, te expongas, te protagonices a ti y protagonices a tu padre. Quizás, ante ese final del de donde vengo, fagocites ante una sala llena de prensa y cámaras, al padre que todavía está
O con dolor, con una sensación de miseria en el cuerpo pero también de deber, recojas un testigo, un mandado, de algo que crees, o quieres creer, que tu padre querría que hicieras. (¿Tu padre querría que todo el país estuviera pendiente de sus últimas agónicas horas?). 
Y cuando alguien se duele recurre a aquello en lo que cree, a lo que se aferra, o lo que le ha pillado a mano. Por tanto, encomendarse a la fe, al dios que sea, es una cosa propia. De su duelo, de su búsqueda entre la penumbra, porque es cierto que el dolor nos ciega. 
Pero aún así, pese a tu dolor, pese a encomendarte a ti mismo la tarea de vocero de una muerte ya por siempre anunciada, si compareces como hijo del denominado primer presidente de la democracia en España, recuerda que ya que llamamos a esto democracia también decimos que es un estado laico. Y como tal, en un acto público, político, poco sentido tiene que en esa comparecencia ante los medios se hable de que el alma se la llevará Dios cuando considere. 
Que qué quisquillosa es una ante el duelo de un hijo. No. No lo imagino. Y además no quiero imaginarme su dolor. Un dolor que conozco por otras personas a las que quiero, a las que he acompañado. Un dolor que vendrá, claro, probablemente, y que no pienso adelantar bajo ningún concepto. No, es su dolor: que rece a los dioses que guste, que trace recorridos del alma por lugares mejores, que piense en la paz, que piense en la resurrección, que se aferre a todo lo intangible, que es una herramienta tan humana. 
Pero lo público, lo político. Si cuenta esto porque su padre (a diferencia del de mi madre) fue el primer presidente de la democracia en la historia reciente de este país, no viene al caso hablar de Dios.
Que qué quisquillosa es una ante el duelo del hijo de Adolfo Suárez. Quizás porque él quiso un micro y tuvo todos, para hablar de un hombre que, en la medida en que podía aportar luz a estos tiempos, ya se había ido. Pero no he visto todos los micros ante los familiares, los hijos, las madres, de los marineros que se murieron hace unos días. No he visto todos los micros ante los familiares de los hombres, las mujeres, que saltaron por la ventana antes del desahucio. No he visto todos los micros ante los familiares, los hijos, las hijas, de las mujeres asesinadas por sus maridos o sus parejas (cuánto psicópata con la misma tendencia, no tendrá que ver la educación? no tendrá alguien que decirles a ellos que no peguen, que no maten?). No he visto todos los micros ante la inminencia de la muerte de casi nadie. 
Y no los quiero.
Donde quiero los micros, todos, es en las calles donde las personas marchan y caminan por cambiar las cosas. Desde abajo, desde donde siempre han sido los cambios de verdad (lo otro son nomenclaturas, caras, sobres de colores). Quiero todos los micros, la tinta toda de cada plumilla, discos duros llenos imágenes que recojan la vida. La lucha. El cambio.  Micros paras las voces que hoy están vivas y hacen y afectan y quieren que sea por el bien de todos, de todas. Lo común. Claro, voces comunes. 
Pero ya lo decía la canción, la revolución no será televisada. Y eso que hay tantas televisiones encendidas esta noche...


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La señora María no sabe qué es el drama


La señora María no se ha preguntado qué es el drama. O sí, pero no dice nada al respecto en la película en la que es ella misma, la única película que a sus ochenta y muchos años ha protagonizado. Protagonizará. La señora María y su cuerpo doblado, y sus manos que no están hartas de trabajar la tierra, pero sí sus pulmones, sí su espalda, llenan de verdad la película La plaga (Neus Ballús, 2013). Quizás sea la poca verdad que conmueve de la película. Una cinta interesante, una cinta recomendable. Una de esas que una se alegra que se escriban, que se rueden. 

Pero los momentos reales de este largometraje, los que hacen que algo dentro se rompa o se doblegue, son aquellos en los que la señora María, tan payesa, tan del campo y de la vida, no sabe dónde meterse en la residencia de ancianos a la que la mandan por problemas de salud. Tan lúcida, tan imparable esa cabeza. Sin locuacidad. Sin grandes frases. Pero tan cierto todo. 


Será que la obsesión de esta hermosa mujer (algo está haciendo bien el cine cuando tan lejos del canon sólo nos muestra belleza) con qué hacer, con no parar de pensar en las noches, me resulta muy próxima. 
O serán estos últimos días de invierno, en los que la muerte apura que su filo es más fino y se lleva y se lleva y se lleva consigo, pero me divido entre ver el drama del cine -como bien apunta mi compa Tizón- como puro sadismo ("De todas las maneras de contarte esto he elegido aquella que se te clava hasta dentro y entonces retuerzo el punzón, echo cítricos, te dejo ahí, sufriendo") o como lo que decían los griegos, pura catarsis. 

La señora María, en cualquier caso, es ajena al género. Ajena a la película que graban, que la sobrevivirá.  


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Ser madre


El día que mi hijo cumplió año y medio apenas me decía "mamá". 

"Mamá" somos su padre y yo. Indistintamente. Esto quiere decir algunas cosas, o ninguna.

Quizás quiere decir que el niño de dieciocho meses que desbloquea el ipad desde hace tiempo, que pone en el cd autoamplificado la música que quiere escuchar, que elige la película que quiere ver y la saca de su funda y la introduce en el cacharro adecuado para reproducirla de entre los mil cacharros susceptibles de tal fin de la casa; quizás quiere decir que el niño que corre y ríe y responde a indicaciones de dos y tres pasos, no está interesado en el lenguaje de los tipos altos que viven con él. 
O quizás quiere decir que el niño de dieciocho meses que camina por la calle, y a ratos pide cuello al tipo alto de barba y a ratos pide cuello a la tipa alta del aro en la nariz, no distingue al tipo alto de la tipa alta (que tan sólo son altos desde su mirar de niño de dieciocho meses) y por eso los dos son "mamá".

No dice "mamá", o no como quien coloca un libro en su lugar entre los libros. No nos sitúa en nuestro rol de, eso que hace el lenguaje indefectiblemente. De momento, aunque haya gestado el tiempo que tarda un cuerpo en gestar, y parido el tiempo que tarda un cuerpo en parir, aunque haya dado el pecho los días y las noches de más de medio año, las veces en que una voz y una mirada lo pedían, aunque haya cambiado pañales, aprendido a diferenciar las mucosidades de un cuerpo pequeño, aunque mi tiempo se divida en el biberón de por la mañana, las verduras y proteínas y frutas de la comida, la siesta, los cereales y lácteos de frutas de la tarde, la piscina, el cuentacuentos, el parque, el señor que está en rojo y no podemos pasar, el baño, el biberón de la noche, el cuento, la canción, la canción cantada suave, la última mirada antes de dormirme, la mirada a mitad de la noche; aunque el orden del mundo sea el mismo y ya por siempre nunca el mismo, hoy, que mi hijo cumple año y medio no me siento madre
Y no me preocupa. No cambia mi amor, no cambia mi responsabilidad, no cambia el miedo extraño y nuevo que siento cuando menos me lo espero. Pero ese sintagma "ser madre" no está, a día de hoy, ahí. Sé que lo sentiré cuando él me coloque ahí. Sé que este es un sentir conjunto, un largo plazo del que cada día se aprende. No quería hablar de si me siento o no madre yo hoy aquí. 

Pero entended que no entienda cuando leo en un periódico, de esos que aún aseguran ser prensa periodística contra todo hecho que lo demuestre, que cuidar de un bebé que morirá a las horas de haber nacido te hace mejor padre, mejor madre. Entended que no entienda que te digan que ya eres madre, eres padre cuando te anuncian que el embrión de tres meses de gestación no es viable para la vida. Entended que no entienda en qué piensa una mujer que llama terrorista a aquella mujer que decide sobre su cuerpo y que no quiere gestar algo que está por gestar.

No sé qué día se sintió madre Soraya Saenz de Santamaría, ni qué día se sintió madre Sylvia Plath, ni qué día se sintió madre mi madre. El día que se sintieron así fue el día que se sintieron así. Que yo hoy, que el niño de dieciocho meses corre, ríe y sólo a veces, como quien no quiere la cosa, nos llama "mamá" a su padre y a mí, no me sienta madre, es sólo cosa mía. Y no tiene que ver con el amor, con el cuidar, con, si me apuran y aunque no sea mi palabra favorita, la pertenencia

Ser madre es un constructo.  Como tal, es cultural. Como tal, es difícilmente impositivo. Como tal, en absoluto exigible. 

El día que mi hijo cumplió año y medio unas mujeres se levantaron para aplaudir a quien les quitaba el derecho a decidir sobre sus propios cuerpos. 

Y sobre esto le hablaba a un amigo escritor esta tarde, sobre cómo una ley que imposibilita que decidas sobre tu cuerpo te quita la libertad, no sólo de elegir el no, también de elegir el . Si te quitan la posibilidad del no, te están invalidando la libertad del sí. 


El día que mi hijo cumplió año y medio, mi vida -nuestras vidas- llevaba siendo mejor año y medio, aunque el mundo estuviera empeñado en ser más feo cada día.

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Esto no es un poema (II)



El nuevo plan de gobierno
pasa por rogar a todos los santos.


Sí, Teresa de Jesús,
qué larga es esta vida.
Qué poco podías suponer
tú allí en tu éxtasis
que siglos después 
el poder se te encomendaría.

A ti, que habitaste una celda
como celdas son las que ahora nos habitan.



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Listas, ciclos, pamplinas y todo lo contrario

Acaba el año. Hago una lista mental de lo vivido. Hago una lista por escrito de lo leído. Hago una lista para hacerla pública. 

Empecemos de nuevo.

Acaba el año. Pasa un día. Cambia el calendario, los números. Todo ese constructo que podría ser otro pero es éste. 
-Mamá, de haber nacido en otra parte, ¿sería judía o musulmana o me dirían que Dios es una mujer?
Podría ser otro. 

Hago una lista mental de lo vivido. Sí. Cosas buenas. Cosas no buenas. Alguna mala. Sonrisas si pienso en lo cercano, puños apretados si pienso lo de todos. 

Hago una lista por escrito de lo leído. ¿Por qué de lo leído? ¿Por qué no de los pedazos de hierba que he pisado descalza y me han hablado de otras partes, de otras personas que fueron y hoy son esa hierba? ¿Hacer una lista, entonces, es hablar de una, de cómo es, de cómo ha sido este año? 
- Queridos Reyes Magos: este año he sido buena.
- Querido FB: este año he sido lista.
¿Cuánto dicen de nosotros las cosas que pasan por nosotros sólo por el hecho de pasar? Hay quien atraviesa la ruta transamazónica con sus piernas y sólo te dice "una noche se rompió la tienda de campaña". ¿Qué dicen? ¿Por qué creemos que dicen eso, las listas?

Todo es constructo. Del tiempo y de nosotros. Todo podría ser de otra manera, decir otra cosa, empezar en otra parte.

Pero qué largo el invierno sin esta inflexión. Desde la creencia o desde el escepticismo. 
Qué largo el invierno sin hoy para parar o preguntarnos por qué otros paran.

Empezamos de nuevo.

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Y muerde



La publicidad canta Tú decides,
pero tu vida y tu cuerpo son de un dios
que no existe.
Tú decides el perfume en el cuello
pero no los ritmos de tu vientre.

Y el spotify canta be yourself,
siempre que no improvises.

Siempre que no digas Hasta aquí,
siempre que aceptes que eso es un carro
y te subas y lo empujes cuando haya que,
porque es un carro que, dicen, se mueve,
pero tú solo ves un paisaje que se rebobina.


Caló el tópico latino
más de lo que calaron Vallejo, Hernández,
Hierro.

No te mueras, te amo tanto.
Pero no,

a fuerza de
homo homini lupus


el hombre, que es un lobo
para la mujer y para el hombre,

nos muerde.



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