Mitologias

No gusta y, sin embargo, sin saber muy bien cómo, uno tiene que hacer una pequeña maleta, afrontar un viaje de más de cinco horas mientras el paisaje pierde volumen y los túneles quedan atrás, para acabar por las calles de lo que en las provincias nos venden como centro neurálgico del país. Estás en Madrid, en la capital, en el núcleo de todo lo que merece la pena que ocurra. O eso crees. Cuando las distancias para conseguir fotocopiar unos documentos –el motivo que te llevó a ir en metro reptando por toda la ciudad- dificulta lo previsto, cuando toda una mañana se hipoteca en tres asuntos de los veinte calculados en un principio; empieza a parecer más un sitio con mucha gente y menos el corazón de la maquinaria.
Aunque sí es cierto que bombea gente. Muchísima, que se mueven como impulsados por los espasmos y taquicardias de un país que conoció el vértigo hace ya un siglo, y que no se habitúa a las arritmias.
Y entre ese bombeo, en el que predominan los jóvenes –sí, señora, ya sabe dónde está lo juventud del país que jamás ve por su barrio-, hay también muchos seres mitológicos. Saliendo de una boca de metro, me tropecé con un diañu que no necesitó ser burlón para amenazar con tirarme al suelo las veinticinco mil cosas que llevaba. En un establecimiento de una cadena de cafés, quien me atendió fue un busgosu, cansado y que compaginaba el despacho de chocolates con avellana con las prácticas en una empresa de informática. Perdida, pregunté por una calle del barrio La Latina al que resultó ser un Nuberu que se hacía las noches de recepcionista en un hotel.
Curiosamente, estos seres no son más que leyendas, personajes propios de la mitología asturiana, tan autóctonos como las castañas asadas, el cabrales o la sidra, pero leyendas, al fin y al cabo.
No es menester –realmente, a estas alturas ya ni tan si quiera viene a ser interesante- entrar en el debate a cerca de la importancia o no de emigrar fuera del entorno natal. Ni tan siquiera de la importancia de elegir el destino que uno busca. O de elegir un destino, el que sea. Y tampoco hace falta una relación de jóvenes asturianos que han buscado un futuro en la capital y de la labor que allí realizan. Es decir; no es cuestión de caer en la vanalidad de politizar un hecho. Tan sólo hay que contar con los dedos. Una mañana cualquiera.
Una mañana cualquiera cuenta con los dedos el número de conversaciones en las que te descubres hablando con un joven asturiano que trabaja de lo que sea en Madrid. Una mañana cualquiera cuenta con los dedos de la mano a los conocidos de tu ciudad que te cruzas en Gran Vía, en El Retiro, en el metro. Una mañana cualquiera por la capital cuenta con los dedos de las manos la cantidad de leyendas con las que afrontas el paso del día.
No gusta, y sin embargo, sin saber muy bien cómo, muchos tienen que hacer una maleta grande, afrontar un viaje de más de cinco horas para acabar en las calles de la ciudad en la que el flaco de Sabina ya aceptó, al revisar la canción, morir.
Y menos gusta que esos muchos, con sus mochilas y sus trabajos de mileuristas –y no piensen que mil euros allí cunden como aquí-, sean poco más que mitología en su tierra. Sitio vacío en la mesa, las calles, los cafés. Y en la hoja en la que se escriben las historias.

4 comentarios:

Flaco | 23 de febrero de 2007, 6:37

Madrid, ciudad de locos... tan invivible como inevitable, que diría el Flaco de Úbeda (el de Turón pasapalabra)

Duende | 23 de febrero de 2007, 8:21

Pero también es cierto que poco a poco deja de ser sólo un medio y empieza a ser también un fin... Te va abriendo un hueco, en el que no sólo te acomodas sino que incluso te reconoces; revela alguna de sus propias mitologías y la densidad particular de sus paisajes.
Y el camino largo a las fotocopias no es más ni menos impedimento que el camino corto, y el plan correcto por inercia son tres asuntos y no veinte, y el vértigo es el único ritmo posible para la concepción de nueva vida.

No lo sé. Son modos diferentes de ser, de estar, de irse moviendo.
¿Mitología en su tierra?
Pudiera ser.
Pero también estas tierras lo son allá. Aquellas acá.
No menos busgosos los que se quedaron, ciertamente.

De todo hay. Cada cual con sus xanes y sus cuéllebres.

Anónimo | 24 de febrero de 2007, 6:38

La vida es eso que sucede mientras miramos la oscuridad tras los cristales del vagón de metro.
Todas las mañanas...0

jenny jirones | 24 de febrero de 2007, 7:10

Que diría John Lennon si tuviera que ir everyday de Ventas a Alonso Martínez.
Thanks, anónimo.