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Plan de evacuación


Recibo el correo electrónico de la evaluación del plan de evacuación del colegio público al que va mi hijo de cuatro años. Hay cifras, una relación de tiempos empleados según las plantas del centro. La valoración es buena: no hubo carreras, no hubo empujones, todo tranquilo.

Y de repente ha empezado a encogérseme el estómago. De repente he pensado en qué es un plan de evacuación. Aquello en lo que no pensaba cuando en el instituto salíamos por la escalera de incendios. Aquello en lo que no piensas porque esas cosas siempre les pasan a otros.

Pensé en todas las niñas que van a clase de mi hijo. En todos los niños de tres años, los de seis. Saliendo lo más tranquilos posible con sus mandilones mientras suena la alarma. Y en que hay fuego. En que no es un simulacro. En que hay fuego porque hubo una avería porque no se revisaron bien las instalaciones la última vez, de la que ya hace mucho y por más que el centro llamó no lograron que nadie se hiciera cargo. O que hay un incendio porque algo ha estallado muy cerca. O que hay un incendio por una voluntad concreta fruto de un sistema viciado.

Piensa en esos niños pequeños, esas niñas. Saliendo lo más tranquilos posible del colegio. En fuego de verdad.

En que para muchos ahora mismo esto no es un simulacro.

Dime si ahora si soportas si quiera pensar en ello.

A dónde ir, después.
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¿A donde vamos no se necesitan carreteras?


¿Cuántos hoy nos preguntamos cómo es hoy?

¿Qué ocurre cuando una película nos lleva a la misma pregunta, tiempo después? ¿Hay algo de comunión? ¿Podemos hablar de trascendencia? ¿Por qué no podemos hablar de trascendencia?

Si una película logra que nos hagamos la misma pregunta, ¿se debe al marketing? ¿Repetir durante siglos que un texto (literatura) es sagrado no es una constante campaña de marketing?

¿En qué pensamos cuando pensamos la palabra "futuro"?

¿Por qué se hace tan pesado pensar que hubo un futuro que ya fue? ¿Por qué de repente recurrimos a la pizarra de Doc para una idea que sólo es rewind o forward?

¿Y la ficción? ¿Qué pensaría Marty McFly si llegara al futuro de hoy? ¿Qué sí ha cambiado de los ochenta a nuestros días? ¿Por qué tenemos tan claro todo lo que no es hoy de ese futuro y no pensamos en lo que sí? ¿O no hay?

¿Y si no ha cambiado, qué pensamos del paso del tiempo entonces? ¿Qué paisaje cambia más, a simple vista, el del entorno o el humano?

¿Y la vida? ¿Qué piensa hoy Michael J. Fox de su futuro que es hoy? ¿Piensa más en hoy o piensa más en quién fue rodando la película en la que viajaba al futuro? ¿Imaginaba rodando el futuro de Hill Valley o imaginaba el futuro de EEUU?

¿Y nosotros? ¿Pensamos más en el futuro que esperábamos o en quiénes éramos en el pasado esperando ese futuro? ¿Cuánta nostalgia arrastra al pronunciarla la palabra "futuro"?

¿Por qué el futuro siempre implica volar?

¿Por qué hoy nos sentimos un poco decepcionados?

¿En el futuro habrá películas que nos unan para que nos hagamos a la vez la misma pregunta?



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Apuntes propios sobre Ciudad de vacaciones. El tiempo secuestrado, de Juan Tizón





¿Hasta qué punto nos pertenece el tiempo propio?

Llevo siguiendo la evolución de Ciudad de vacaciones. El tiempo secuestrado desde su gestación, cuando en un paseo en bici -el primer fin de escapada desde que E. naciera- Juan Tizón encontró el espacio donde acabaría por encontrar aquello de lo que quería hablar. No me enredaré con mis teorías (aproximaciones, ideas más difusas pero con pretensiones, que para eso una comparte la vida y se cree conocedora al dedillo) sobre lo que Tizón quiere, en todo lo que hace, contar. Pero hace un par de años, recorriendo la ciudad residencial de Perlora, él supo que ahí se enmarcaba algo que accionaba preguntas y que le movía y por lo que le apetecía moverse. 
Hoy inaugura el trabajo de reflexión que comenzó entonces. Retrata la ciudad, invita a pensar sobre el tiempo libre, sobre su capitalización, sobre la condición de la clase obrera, sobre ese tiempo, sobre el consumo material, sobre el consumo ideológico, sobre los modelos soviéticos de supuesto empoderamiento obrero y sindical que el franquismo abrazó para su refuerzo y gloria, o buena prensa. Invita a pensar sobre las estructuras -las tangibles y las no tangibles- y su abandono. Sobre los  modelos: de vacaciones, de familia, de ocio. Si nos apuramos, a pensar sobre el entorno, sobre el medio ambiente, sobre la especulación urbanística (no, ahí no apuramos, porque es de una evidencia pasmosa), sobre la ley de costas. 
En estos meses de hablar y de leer, de darle vueltas a Russell y a Marx, y a Jane Jacobs y a Paul Lafarge, y a Sontag, y a Stevenson, el discurso, la construcción del relato, el abstracto se iba contaminando con la arquitectura. Y al revés. 
Ha sido sólo esta semana, cuando me enseñó la pieza de vídeo por fin acabada, con esa simulación de  pase de diapositivas, cuando entendí que a veces tanto bosque nos impide ver los árboles.
Durante el último año Tizón ha ido contactando con antiguos trabajadores de la ciudad residencial. Ha charlado, le han prestado fotos, ha hablado con coleccionistas, ha encontrado mapas, postales... Quisiera acercarme a la emoción (que hice por ocultar, confieso) y al vértigo que sentí cuando comencé a ver las caras. La sonrisa a cámara de la camarera que posa, con orgullo, fuente sopera en mano, junto a una familia que también sonríe. Los dos recepcionistas con el pelo a lo beatle, sonriendo con sonrisa de menos de veinte años, o así parece. Las guitarras en el regazo, los cigarros en las manos de chicas jóvenes que se intuye que son los primeros cigarros. La camisa del padre, la camisa del abuelo, la camisa del niño, todos ante el retrato del verano. Las mujeres juntas, de vacaciones o trabajando, en una complicidad que sí, claro, le mueve a una la sonrisa. La inmensa recopilación de vidas. 
Entendedme, esto sé que puede sonar obvio. Pero tras todo este tiempo de hablar del espacio y su historia, de pensar sobre él, de cómo actuaba en las vidas de las personas, de cómo construía o reforzaba pensamiento, ideología, paisaje... de repente las vidas te golpean. Pienso que debe ser como salir del laboratorio de fonética y tropezar con el sonido de una frase en la que te despiden, o se despiden. La documentación y el análisis toman maneras asépticas por algo. Pero qué hermoso -perdonad la intensidad- mancharse con la vida de los otros, de las otras. Qué necesario llenarse de nombres propios y sentir que también se está haciendo álbum de familia, aunque sea sin pretenderlo. 
Y aquí es donde una, que nunca pretendió ser objetiva, remata el asunto: este golpetazo de vida que a mí me pilló por sorpresa no ha dejado de ser uno de los motores de Tizón. Aquí me aventuro: probablemente el motor del que no habla, por interior y por cierto. Al fin y al cabo, es la persona más preocupada por contar historias que conozco, quien no olvida que cada árbol tiene un nombre, se plantó un día concreto. Que a cada árbol la luz le da como no da a ningún otro. 


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Carta a E.


Freno hoy aquí, E -mientras duermes la siesta con esas gotas de sudor que el sueño te deja como un beso en la frente- porque algún día es necesario. Desde antes de que nacieras el mundo se ha vuelto una palabra difícil de explicar. Difícil por tan cambiante. Quisiera darte las certezas que me dieron al nacer, al ir creciendo a la orilla del mismo mar en el que ahora tú creces. Pero no me veo capaz, porque este mundo me deja pocas certezas y las que me deja no son tan fácilmente traducibles al lenguaje que ya vas entendiendo aunque aún no practicas.
En esta semana en la que se suman desastres, dolores, pérdidas, de las que aparecen en los periódicos y de las que no; en la que el miedo mata, y la precariedad mata, y la desinformación mata; en esta semana asumo una decisión que no deja de ser un gesto pequeño, un gesto que cuando leas esta carta resultará probablemente irrelevante, si es que para entonces aún seguimos entendiendo la "relevancia" de esa manera tan accesoria. 
En esta semana sumo mi nombre al de compañeras y compañeros valientes y tenaces, brillantes y coherentes. Personas que llevan tiempo queriendo hacer algo más que decir que las cosas estaban mal. Que comprendieron los fallos y han querido ponerle freno. Presentarse con sus nombres y sus rostros en pro de un proyecto común, que hace meses que nos ilusiona. A mí, a tu padre, a tantas personas que tienes cerca y que te quieren. A personas que aunque están a muchos kilómetros han dado el mismo paso en sus ciudad, en sus pueblos. 
En esta semana participo en la suma, porque hay quienes se empeñan en restarnos. En querer restarte a ti también, antes de poder ser. No frunzas el ceño al leer esto (si es que has cogido alguno de mis vicios), no te tengo de justificación para hacer lo que hago, para este paso -o para otros pasos. Pero lo que hago, lo que hacemos, sí tiene vocación de futuro. De hacer porque el futuro nos pertenezca. Y tú, E, pequeño animal dormido y feliz en esta tarde de marzo, eres futuro. Y eres, además, el futuro que más me importa. (Tomemos esta última frase como una licencia que da la crianza, que de alguna manera se puede cobrar una las noches en vela). 

Te escribo -y quién sabe cómo serán las cosas cuando leas esta carta- porque esta que soy hace lo que hace, con sus márgenes de error, que estaría bonito dárselo a la ciencia y no a las personas. Márgenes de error en los que estar alerta, pero con tanta voluntad de acierto… Por esto hoy mi nombre entre las trabajadoras y honestas personas que conforman la lista de Somos Asturies, en este proceso de primarias de PODEMOS. 
Y ojalá, estos nombres signifiquen algo cuando leas, entonces, en un tiempo, esta carta que hoy escribo porque quiero que hablemos un día de todo esto. 
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Motivos. Un poema. O no.



Alguien que se parece a mí sale todas las noches
de una tienda de campaña
y dice:                                     Yo. Yo
                                                también.

Algo que una vez no ocurrió
se repite y se repite.

Interior. Noche. Doce años.
Los monitores no miraban y salimos de las tiendas.
Exterior. Voces. Carreras
prohibidas y nada más.
El delicioso filo de la desobediencia.

Llegaron las linternas. Corrimos
al centro de nuestros puestos.
Pillaron a uno. Sólo a uno.

Todos los demás permanecimos dentro
de allí donde debíamos estar.
Un tremendo silencio.
El castigo fue todo sólo suyo.
Ninguna cremallera subió
para liberar la disidencia.


Tantas noches he querido salir
y hablar alto. Hablar claro.
Tantas noches he pensado: Yo. Yo también.


A la mañana siguiente en el desayuno
confesé que quise haber salido.
Dar la cara. Que la riña se compartiera.
O decir que no era para tanto.
Entre galletas y colacao me dijeron
que si alguien lo hubiera hecho 
otros habrían seguido el ejemplo.

¿Qué opciones tenemos
frente a un recuerdo que no sucede?
¿Qué victoria posible
sobre lo que constantemente no ha sido?


En esta noche permanente espero
ahí justo donde estoy
con las manos en la cremallera de la tienda.
La voz aclarada. El pulso,
pulso.

:
.
.

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Un zumbido




En una habitación de hospital había una mosca. Grande, de esas de otoño en la cuenca minera. De las que se resisten al cambio de estación y siguen estrellándose contra el cristal. En la habitación había una monja. Vestía el hábito. Entre dientes me dijo que la matara. Abrí la ventana. La mosca y yo salimos de la habitación. 

**


Antes de acostarme fui a por un vaso de agua. Sobre un azulejo estaba un mosquito grande. Pensé que era el insistente mosquito que llevaba varias noches zumbando. Con un papel intenté aplastarlo. No acerté. Toda la noche el zumbido estuvo pasándome de un oído a otro. Toda la noche. Amanecí con una idea clara: tanto si hubiera decido no matarlo como por el hecho de fallar, el mosquito no me dejó dormir. La bondad y la torpeza dan a veces el mismo resultado.



**

Soñé que abrazaba a mi abuelo. Subíamos una cuesta parecida a la cuesta que va de la carretera al pueblo. Se cansaba y yo me giraba para ver cómo iba. En el sueño ya tenía un fuerte dolor de espalda. Vi que el pelo estaba negro, como cuando joven, y le dije que me gustaba así. Que era una suerte verle más joven de lo que pude conocerle. Casi al llegar, estaba muy cansado y se quedaba en la portilla de La Quintana. Le decía que estaba bien. Que ya había subido mucho. Le abrazaba y le decía sin que me temblase la voz que le echaba de menos. Me desperté y abracé el cuerpo caliente que dormía a mi lado. Le dije que estaba contenta. Le di los buenos días al cuerpo caliente que despertaba a mi lado.




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Treinta


No encuentro el texto que quería enlazar hoy desde hace cuatro años. Hoy no lo encuentro por la red.
Cuando en 2009 leía desde la habitación 432, aquel cuarto blanco, limpio, lleno de libros; cuando leía, digo, en una noche de 2009 un post de Alberto Olmos sobre la edad y la certeza pensé que llegaría una noche en que querría enlazar ese post y decir: es cierto pero.
Olmos escribía en ese post que hoy no encuentro sobre el momento en el que comprendes que por más que escribas no vas a formar parte de la Historia de la Literatura. De la literatura, sí. De una historia de la literatura, puede. Pero no de las mayúsculas. Escribía en un texto que se abría por los bordes, un texto que costaba leer por lo crudo (o por los mismos miedos compartidos), un texto -como todo lo suyo- con mucha brillantez y mucha mala hostia.
Y es verdad. No nos espera la Historia de la Literatura, y a estas alturas ya lo sabemos. A algunos ni tan si quiera nos espera la literatura, quizás.
- Sabes que no vas a ser una narradora revelación a estas alturas.
Tenía todavía 25 años.

Hoy tengo 30. Hoy no soy ni revelación, ni narradora, si quiera. Ni tantas otras cosas que toda persona joven debería ser. Todos los jóvenes deberíamos haber sido casi todo antes de los 30. Ser es el éxito. Estar es el éxito. Estar en la noche y estar en las aulas, y estar en las bocas de (y en las gargantas de, si es preciso). Todos los jóvenes deberíamos haber sido muy jóvenes. Y aguantar siéndolo. Ser joven es todo el marketing que se puede desear.

Con 25 años leía aquel post que hoy no puedo enlazar, que no encuentro, y el estómago se me hacía un puño, me dolía un poco el vértigo y esas cosas de cuando a una le duelen las cosas que no sabe muy bien por dónde le quedan en el cuerpo. Pensaba: un día querré enlazar este post y decir: es cierto pero.

Hoy tengo 30 y tengo el pero. Porque no hay crisis, ni bajón, ni. No hay nada más allá de todo lo que nos dicen que hay. No es real la zona fronteriza del día que cumples 30. Del mes, del año. No es real ser viejo de golpe por la acumulación de los 365 días (y parece que resta realidad a lo que sí lo es: ser vieja de golpe por la acumulación de ausencias, o de cansancios, o de faltas de). Hoy tengo 30 y no estaré en nada que lleve mayúsculas. Seguiré escribiendo. Seguiré buscando las formas de contar. Seguiré con las ganas. Pero el pero. Y es éste: no importa. No hay decepción, no hay fracaso porque no es importante. No sé en qué consiste el éxito, pero no me preocupa gran cosa. Y esto no es claudicar, no es la aceptación de los mediocres, de los invisibles. O igual sí, quién sabe. Pero cómo saberlo, si es que no me importa.

Hoy tengo 30 y no pueden parecerme mejor. Llego a los años sí con la certeza de otro mito fallido. Las cosas que nos cambian no agrupan tanto el tiempo como nosotros.

Y lo escrito en minúsculas dice exactamente lo mismo.


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Fringe, o las cosas se acaban

Hace cinco años me entusiasmaba con una serie que hacía funambulismos con la ciencia, se subía al trapecio de la ciencia límite y me enganchaba con un personaje complejo e interesante interpretado por una mujer (qué rareza!). Recordaba continuamente fragmentos de una novela que había devorado: Zig Zag, de José Carlos Somoza. Pensaba esto de la física teórica cómo me pone, oye
Hace cinco años, y hace tres, y hace dos, no imaginaba este final. 
Ha sido el último capítulo de Fringe como el adiós, ya nos llamaremos que se dice al final de una relación que no sólo ha capitulado sino de la que ya se ha hecho funeral y cabo de año, incluso. Un "it´s done" enunciado con emoción fingida por el guionista de turno. Un tachar en la lista de cosas que hacer en la vida: una menos.
Ya no me pilla de sorpresa, diré en mi descargo. El final de Lost fue una sensación descafeinada, que al principio maquillé con cierta indignación, por sentir algo. 



Quizás los finales de aquello que dura más de un fin de semana sean así siempre. El tiempo es inversamente proporcional a la catársis. Resolver las tensiones épicas todo lo contrario a resolver las tesiones vitales.
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A los amigos hay que "guañalos"

Reinventamos las palabras. Todo el tiempo. Sin querer o con toda la intención. Resignificamos porque es una forma de estar.
Estos días, con el trabajo que nos ocupa, que un poco desborda y un mucho agrada (y según los días cambian ambas cantidades), revisamos, aprendemos, descubrimos muchas palabras de la lengua asturiana. Y en ese trabajo, vamos, sin darnos cuenta, resignificándolas. Como niños que comparten un código semisecreto.
Guañar significar germinar, brotar. Que crezca y que crezca bien. Pero no basta con plantar árboles en una campaña educativa orquestada por la delegación de nosédónde. Hay que volver a donde se plantaron, cuidarlos. Mantener.

Por esto, pensamos, hay que guañar a los amigos. Y estos días, hubo un poco de eso.



Con Héctor Gómez Navarro, Alba González Sanz y Sara Herrera Peralta, junto a la placa de la poeta avilesina Ana de Valle.





Retrato, obra Pablo Gallo en recuerdo de una divertida tarde en Madrid con él, Óscar Esquivias y Alberto Olmos.



Los amigos, que de vez en cuando te visitan, les pasan cosas buenas y te las cuentan, te escriben, te ayudan.

Daqué bueno guaña, y vamos guañalo.
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Hoy me gustaría estar allí donde hace más viento...

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100.000

Por esta casa ya han pasado más de 100.000 compañeros de viaje, o al menos más de 100.000 ips distintas -que es, al fin y al cabo, lo que distingue este contador- y eso da qué pensar.


Es por ejemplo la población de Alcalá de Henares.



Poco menos que Mieres y Langreo juntos.



Tantos como quienes han pedido on line que el Star Craft II incluya el modo LAN, o como los espectadores de Mapa de los sonidos de Tokio, de Isabel Coixet.

De ser estos 100.000 habitantes de Castilla La Mancha, 279, según las últimas estadísticas, habrán padecido o padecerán gripe A.

Y de haberse dedicado estas 100.000 personas (vale, ips) a formar parte de un grupo de Facebook ya habrían logrado su cometido: que Pilar Rubio enseñe las tetas.



Mira a ver dónde estás gastando tu tiempo...

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Tiempo

Nos vamos. Hacen falta un par de días de rocas y de aire y de silencio y de buenos amigos para tantas cosas (trabajos, noticias, decisiones, años cumplidos) como se nos han ido amontonando.
Just few days.
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