Plan de evacuación


Recibo el correo electrónico de la evaluación del plan de evacuación del colegio público al que va mi hijo de cuatro años. Hay cifras, una relación de tiempos empleados según las plantas del centro. La valoración es buena: no hubo carreras, no hubo empujones, todo tranquilo.

Y de repente ha empezado a encogérseme el estómago. De repente he pensado en qué es un plan de evacuación. Aquello en lo que no pensaba cuando en el instituto salíamos por la escalera de incendios. Aquello en lo que no piensas porque esas cosas siempre les pasan a otros.

Pensé en todas las niñas que van a clase de mi hijo. En todos los niños de tres años, los de seis. Saliendo lo más tranquilos posible con sus mandilones mientras suena la alarma. Y en que hay fuego. En que no es un simulacro. En que hay fuego porque hubo una avería porque no se revisaron bien las instalaciones la última vez, de la que ya hace mucho y por más que el centro llamó no lograron que nadie se hiciera cargo. O que hay un incendio porque algo ha estallado muy cerca. O que hay un incendio por una voluntad concreta fruto de un sistema viciado.

Piensa en esos niños pequeños, esas niñas. Saliendo lo más tranquilos posible del colegio. En fuego de verdad.

En que para muchos ahora mismo esto no es un simulacro.

Dime si ahora si soportas si quiera pensar en ello.

A dónde ir, después.