Apuntes propios sobre Ciudad de vacaciones. El tiempo secuestrado, de Juan Tizón





¿Hasta qué punto nos pertenece el tiempo propio?

Llevo siguiendo la evolución de Ciudad de vacaciones. El tiempo secuestrado desde su gestación, cuando en un paseo en bici -el primer fin de escapada desde que E. naciera- Juan Tizón encontró el espacio donde acabaría por encontrar aquello de lo que quería hablar. No me enredaré con mis teorías (aproximaciones, ideas más difusas pero con pretensiones, que para eso una comparte la vida y se cree conocedora al dedillo) sobre lo que Tizón quiere, en todo lo que hace, contar. Pero hace un par de años, recorriendo la ciudad residencial de Perlora, él supo que ahí se enmarcaba algo que accionaba preguntas y que le movía y por lo que le apetecía moverse. 
Hoy inaugura el trabajo de reflexión que comenzó entonces. Retrata la ciudad, invita a pensar sobre el tiempo libre, sobre su capitalización, sobre la condición de la clase obrera, sobre ese tiempo, sobre el consumo material, sobre el consumo ideológico, sobre los modelos soviéticos de supuesto empoderamiento obrero y sindical que el franquismo abrazó para su refuerzo y gloria, o buena prensa. Invita a pensar sobre las estructuras -las tangibles y las no tangibles- y su abandono. Sobre los  modelos: de vacaciones, de familia, de ocio. Si nos apuramos, a pensar sobre el entorno, sobre el medio ambiente, sobre la especulación urbanística (no, ahí no apuramos, porque es de una evidencia pasmosa), sobre la ley de costas. 
En estos meses de hablar y de leer, de darle vueltas a Russell y a Marx, y a Jane Jacobs y a Paul Lafarge, y a Sontag, y a Stevenson, el discurso, la construcción del relato, el abstracto se iba contaminando con la arquitectura. Y al revés. 
Ha sido sólo esta semana, cuando me enseñó la pieza de vídeo por fin acabada, con esa simulación de  pase de diapositivas, cuando entendí que a veces tanto bosque nos impide ver los árboles.
Durante el último año Tizón ha ido contactando con antiguos trabajadores de la ciudad residencial. Ha charlado, le han prestado fotos, ha hablado con coleccionistas, ha encontrado mapas, postales... Quisiera acercarme a la emoción (que hice por ocultar, confieso) y al vértigo que sentí cuando comencé a ver las caras. La sonrisa a cámara de la camarera que posa, con orgullo, fuente sopera en mano, junto a una familia que también sonríe. Los dos recepcionistas con el pelo a lo beatle, sonriendo con sonrisa de menos de veinte años, o así parece. Las guitarras en el regazo, los cigarros en las manos de chicas jóvenes que se intuye que son los primeros cigarros. La camisa del padre, la camisa del abuelo, la camisa del niño, todos ante el retrato del verano. Las mujeres juntas, de vacaciones o trabajando, en una complicidad que sí, claro, le mueve a una la sonrisa. La inmensa recopilación de vidas. 
Entendedme, esto sé que puede sonar obvio. Pero tras todo este tiempo de hablar del espacio y su historia, de pensar sobre él, de cómo actuaba en las vidas de las personas, de cómo construía o reforzaba pensamiento, ideología, paisaje... de repente las vidas te golpean. Pienso que debe ser como salir del laboratorio de fonética y tropezar con el sonido de una frase en la que te despiden, o se despiden. La documentación y el análisis toman maneras asépticas por algo. Pero qué hermoso -perdonad la intensidad- mancharse con la vida de los otros, de las otras. Qué necesario llenarse de nombres propios y sentir que también se está haciendo álbum de familia, aunque sea sin pretenderlo. 
Y aquí es donde una, que nunca pretendió ser objetiva, remata el asunto: este golpetazo de vida que a mí me pilló por sorpresa no ha dejado de ser uno de los motores de Tizón. Aquí me aventuro: probablemente el motor del que no habla, por interior y por cierto. Al fin y al cabo, es la persona más preocupada por contar historias que conozco, quien no olvida que cada árbol tiene un nombre, se plantó un día concreto. Que a cada árbol la luz le da como no da a ningún otro.