Los poetas "viven"

“El bus de los poetas” llegó, vio, venció, y a la vuelta la nieve se tomó la revancha

A mí los recitales, por lo general, me asustan de igual modo que los partidos de fútbol en los que uno no se juega nada, que las partidas de cartas en las que nadie se juega nada, que los campeonatos de billar (y ahí, aunque se jueguen el título mundial da lo mismo). Me asusta que me aburran y, tampoco nos engañemos a estas alturas, un recital de poesía puede hacerlo con tremenda parsimonia.
Todos sabemos que escuchar un vinilo con la voz de Neruda recitando los versos más tristes esta noche puede hacer que, además, sea la noche más larga del mundo (sin necesidad de equinoccios ni gaitas celtas). Por eso que exista gente como John Giorno, como John Cooper Clark, que haya colectivos, más cerquita, como La Bella Varsovia, El Cangrejo Pistolero, La Palabra Itinerante o Hesperya, hace que uno vea un tanto de luz en el pesadísimo túnel del tedio. Vamos, que presta que le den vidilla a un arte que en demasiadas ocasiones se ha acompañado de la silenciosa lira y el aún más silencioso amodorramiento.
Así que cuando una se entera que un bus lleno de poetas parte desde Asturias a la capital del reino ibérico, con más fin que el del vino español y el jamón bien cortado, con el fin alocado de leer poesía en un bar y regresar al día siguiente, sorprende. Y cuando ya descubres que el maestro de ceremonias de este proyecto es Julio Rodríguez, el mayor poeta del mundo con el que te gustaría desayunar todos los días -y no lo digo yo, si no sus libros: El mayor poeta del mundo (Premio de Novela Vargas Llosa 2oo5) y Naranjas cada vez que te levantas (Premio Alarcos de Poesía 2oo7)- te lanzas a la piscina sin dudar. Eso sí, con patines, que en este caso era el río Luna y estaba bien congelado.
Equipados como para la nieve, y qué postura tan previsora para la que cayó luego, poetas, novelistas, músicos y artistas en general partían el sábado 13 de diciembre en un autobús amarillo que a Moliére le habría dado mal fario. Como no había dramaturgos entre los participantes, nadie anticipó lo que ocurriría. En los asientos del autobús, Igor Paskual y su guitarra, el novelista Ignacio del Valle y una libreta de notas, el poeta Rubén Darío Rodríguez móvil en mano organizando el viaje, Santiago Bertault “Rémora” disponiendo el avituallamiento etapa por etapa. Pablo X. Suárez guardaba energías para la noche desde otro de los asientos, y un poco más atrás Susana del Llano, Ernesto Colsa y Aníbal Valle, hacían lo mismo. Por entre los pasillos, Alejandro Zapico y Juan Tizón, que acababan de gastar la suela de los playeros en Malí, volvían a las bajas temperaturas con las cámaras preparadas.
Y de repente, las luces de Madrid, que en diciembre son luces de centro comercial, y la llegada a La Tuerta, el intercambio con los poetas de allí, las canciones de Ettore Formicone y de Iggys (el proyecto de Igor Paskual), los versos y textos ajustados a los dos minutos que Julio Rodríguez, cronómetro en una mano y sombrero de copa en la otra, repartía entre los más de treinta escritores que se pusieron frente al micro. Voces jóvenes como las de Laura Pérez Manzano o Sibisse Rodríguez, y voces muy jóvenes, como la de Laura Casielles o Diego Álvarez Miguel. Manolo D. Abad clavó el tiempo establecido con un relato, y hubo también quien extendió sus minutos como un fantástico chicle de goma. No importa, como se dice en mi casa –y en muchas casas- , todo muy bien y muy abundante.
El día siguiente recogió todos los tópicos: resaca de la noche anterior (más para unos que para otros), churros en San Ginés, paseos por el rastro, abuelos buscando niños perdidos en el mercado de Navidad de la Plaza Mayor. No es de extrañar que, para continuar con los clichés, la vuelta se viera alterada, entorpecida y temporalmente truncada a la altura de la provincia de León. La vuelta a la pequeña aldea gala se volvía complicada con la autopista del Huerna cerrada. A veinte kilómetros de León, la poesía hizo noche con reservas de bocadillos, escasos botellines de cerveza y otras anécdotas más propias de película de asesino en serie en la que al final sólo quedan los más intrépidos o, como esta sería una película española, los que más suerte hayan tenido. Ante un pesimismo que ni era creciente ni dejaba de serlo, hubo quien se lanzó a improvisar epitafios de los asistentes en una reducida habitación de hostal que trece poetas tomaron por asalto en una juerga que duró, dice el cronómetro, una hora con cuarenta y ocho minutos.
Al final, no hizo falta degustar brazos ajenos, y eso que dicen que en esto de la literatura el cainismo está al orden del día. La Asociación de Escritores de Asturias y ASMA, organizadores de esta gran liada, jugueteaban con la idea de montar otra similar dentro de poco. Habrá que mirar las previsiones meteorológicas antes, que, como dice mi abuelo –y supongo que muchos abuelos- también son literatura.

Artículo publicado hoy en La Nueva Quintana de La Nueva España.

2 comentarios:

Rémora | 30 de diciembre de 2008, 9:14

Buena crónica, creo que sin tu permiso voy a fusilar tu entrada del blog. ¿Que tal va el video?
Porque los brutos del video prometen jajaajaja
Hasta el año que viene!!!

txe | 31 de diciembre de 2008, 5:29

sí, lo ví ayer en La Nueva. No paras eh? A ver si me entero del próximo (o me avisan)

feliz año!