Crónica a modo de canción de Drexler

No lo sabíamos pero en el fondo era tan sencillo como un billete desde Salamanca, que se convirtió en Olga Fernández y una mochila y una sonrisa, que llegaron un miércoles por la mañana dispuestos a cuidar de libros y seguir sonriendo, y compartir habitación con otra sonrisa de encías bonitas de nombre Laura Casielles, que tenía poemas enrollados en unos folios y un soldado a punto de huir, como el libro que Alba González Sanz leyó un día y decidió publicar en su colección de Hesperya y creer en lo que escriben los más jóvenes el día en que en Valladolid Javier García Rodríguez hizo de anfitrión y nos adoptó un poco, lo suficiente para compartir padre con Nacho Escuín y hablar de Pablo García Casado y hacernos amigos y perfecto embajador de Zaragoza, tanto que con los días contados se cogió un tren y atravesó medio norte para plantarse con poemas de todos los colores y libros de todos los lomos, uno de esos libros lo firmaba Octavio Gómez Milián, que pasó una noche con Jane Birkin y lleva desde entonces experimentando, y que se dejó liar hace ya meses para traerse al imitador no reconocido de Jim Carrey -y músico, arreglista, juerguista- Luis Cebrián, que pese a salir toda una noche no olvidó su guitarra porque el chico que agita la cultura en Asturias como si fuera un batido de 5$ de Pulp Fiction, Diego Diaz, lo llevó entre cervezas hasta La Caja Negra, segundo hogar de unos días gracias al empeño de Jose, que se la jugó y nos trató como si fuésemos invitados en su casa, la misma en la que durmió Sara Toro, que se trajo la dulzura desde Granada y las horas de autobús, de tren, de metro y aeropuerto sin que fueran losa sino anécdotas como agradecimiento a los desconocidos que en el camino se lo hicieron todo más fácil, y esa facilidad la trajo en las manos y la arrojó en el inicio de una ola humana que el clan de las bellas polacas hicieron mientras María Eloy-García, o el ingenio, leía sus poemas una tarde que ya no sería una tarde cualquiera, y aunque no hubo oricios quedó fascinada con el cantautor Pablo Moro que rescató de las partituras a Sabina, a Pedro Guerra, y qué bonito sonaba "Dibujos animados" diría Juan Marqués, que llegó con un jersey violeta del que se enamoró una adolescente en una hora que nunca fue de clase, en la que sonó también la voz de David Eloy Rodríguez, la amistad sincera, que trajó libros y poemas y abrazos y no se le acabaron nunca, y que compartió palabras y mirada con Héctor Gómez Navarro, que conoce el lenguaje de las historias y los abrazos, y contó un cuento sobre un psiquiátrico y Alejandra Vanessa pensó que de eso ella había escrito un poema y cuando lo leyó en un instituto un chaval se levantó y aplaudió sin verguenza, sin saber que esa misma noche todos chascaríamos los dedos porque las ley de ruidos de Oviedo no deja expresar el entusiasmo de otra forma, pero no es problema, menos para la emotividad hecha carne, o Fernando Beltrán leyendo Aquelarre en Madrid, y los ojos llorosos de los asistentes y su expresión contenida de quien agradece y disfruta, igual que la noche anterior hizo escuchando a Dark la eMe y haciendo fotos a quien a su vez hacía fotos y disfrutaba y pedía silencio y se sentía feliz, como feliz es la risa pícara de Elena Medel con cada ocurrencia, desde un secuestro con máscaras de una tienda de chinos al recuerdo de cómo el material de las obras públicas da juego en una noche dadaista, si es que no fue dadá todo el despliegue de una ciudad que recibía a príncipes, princesas y expertos navegadores en internet, y que volvía a ser aquella en la que las campanas no dejaban de piar, como recordaría Jose Luis Piquero entre un poema sobre Alicia varias veces repetido, igual que las repeticiones de agradecimiento de Ana Vanessa Gutiérrez que eran más que mutuas, por compartir llingua y patria, y estar ahí, en la misma mesa en que Víctor García Méndez volcaba su honestidad y qué belleza, igual que manos telúricas en estas noches, noches que no caerán en el olvido, porque los ojos marrones de Juan Tizón seguían tras el objetivo y diafragma de la cámara, y al otro lado Pablo X. Suárez recitando Pop Retórika, Asturiana beat, el libro que aún sigue en casa de Miguel Rojo, el hombre del ligre, que supo encontrar verdades en los versos y nos las trajo junto con la camaradería y ese humor, divertido y no tan distinto del de Julio Rodríguez, que le quitó trascendencia, le dio ocurrencia -nunca frivolidad- a una presentación que derivó en un autobús y su reverso, que no es tenebroso, si no libre, como las palabras libres que encontró Jose Luis Argüelles una vez más en los versos de cuatro jóvenes, como la sensación de libertad que había incluso en "la santa casa" que fue la universidad, representada por Leopoldo Sánchez Torre que un día se dejó liar para hacer esta aventura, justo antes de que fuésemos a sacar el billete de vuelta de Valladolid, o Salamanca, tan sencillo, porque nada se pierde, todo se transforma...

4 comentarios:

Krasnaya | 27 de octubre de 2008, 17:52

Impresionante.

Dientes largos por no haber podido ir...

Muy largos...

Alba | 28 de octubre de 2008, 2:06

Puede que entre todos estemos de un pasteloso que apabulle, pero es que... qué bien todo, qué rematadamente bien ;)

Laura | 28 de octubre de 2008, 5:06

Clap, clap, clap... qué crack.

(Me levanté onomatopéyica, parece)

elena | 28 de octubre de 2008, 5:52

Ay, cielo... Qué ganas de volver. ¡Muchas gracias por todo!