Animales ontológicos


Escuché de cría tantas veces aquello de que los ecologistas se podían preocupar más por el hambre en África que padecían los humanos que por las ballenas que me creí que era un argumento. Suena bien, a postura crítica: algo así como acabemos con esa cantinela acomodada de salvapatatas con la vida resuelta y hagamos algo por nuestros semejantes. Suena serio, comprometido. Podía colar. Casi cuela, de hecho. O más bien, a diario hay a quien le cuela. 

Ocurre que una deja de ser una cría, le da un par de vueltas al asunto y piensa que nada es tan simple como para resumirlo en una frase de extensión similar a una máxima de Paulo Coelho. O al menos, si lo es, esa idea tiene la misma profundidad que la que genera la piedra pómez.
Ocurre que una se fija en quiénes defienden los derechos de los animales (así, en general) y ocurre que a esas mismas personas se las encuentra en una manifestación contra la guerra (la que lamentablemente esté siendo) o recogiendo alimentos para mandar a Gaza, o protestando contra los recortes en el sistema público que generan pobreza ya no en otro continente sino en la puerta de al lado. 
Ocurre que a quienes no me suelo encontrar en esas acciones es a aquellos que dicen que primero pensemos en los niños del África que en los toros, que primero solucionemos la crisis que afecta a las personas y luego ya se verá. 

Frente al vacío argumentativo de quienes defienden la atrocidad que hoy ha tenido lugar en Tordesillas o quienes aplauden el toreo con ideas tan desmontables como muebles de Ikea, están sus propios gestos. La violencia que apoyan no sólo hacia el animal sino hacia el que piensa diferente.

Imagen extraída de un vídeo con la noticia de la agresión a una manifestante.

Curiosamente, son ellos quienes insisten en diferenciar al ser humano del resto de animales (en tanto que su dedo oponible y su red wifi le da licencia para torturar al resto de seres vivos más allá de sus necesidades de alimento y, si me apuran, abrigo) y son ellos los primeros que tiran la piedra hacia esos semejantes suyos que ven tan importantes. 
 Sus propios actos son más elocuentes que su argumentación vaga, manida, su eco repetido -como si por ser eco fuese cierto. Las manos que aplauden la violencia bien empuñan una lanza si toda la manada les jalea y pueden salir en la portada del periódico local al día siguiente.




2 comentarios:

Juan Arias | 16 de septiembre de 2014, 22:57

El eterno "¿y por qué no protestan contra...?"

Yo lo utilizo mucho como detector de imbéciles a los que no volver a escuchar.

Daniel Menéndez | 17 de septiembre de 2014, 9:49

Me ha gustado tu reflexión,conmueve y hace pensar cuando uno lo lee. Estando de acuerdo en el sinsentido del toro de la Vega (y la actuación de algunos de sus seguidores), al que no encuentro argumento alguno que lo apoye, no veo igual la lidia..desde luego los argumentos que aporta Ignacio Escolar difícilmente creo que se puedan llamar argumentos..me recuerdan un poco a eso que dice Sofía de la profundidad de la piedra pómez.. En fin,no me resulta fácil tener una opinión meridianamente clara sobre ello...